
en el bar bonito
había una perrita llamada Pepa,
que se enredaba entre las patas de la silla y mis pies.
Tenía manchas marrones circulares por todo el cuerpo.
Parecía asustada al principio,
al final se le pasó el miedo,
y se dejó acariciar.
Eso nos pasa a todos alguna vez.
En el metro se cuela gente con gorros preciosos.
También hay chicas con orejeras de colores.
Yo tengo unas en casa,
rosas,
de cuando era pequeña.
Me las trajo mi tía de Suiza
y a mí me pareció la cosa más extraordinaria del mundo.
Me las ponía para no escuchar a nadie.
Está claro que los sonidos se colaban,
y las voces
y las regañinas.
Pero a mí no me importaba.
Yo con las orejeras rosas no escuchaba nada y punto.
Anoche un chico de Nueva York
hablaba y hablaba del libro que estaba escribiendo.
De su país,
de su vida bohemia,
su beca para escribrir,
su habitación en San Bernardo.
A mí a veces no me cuelan ni un cuento,
y se me nota tanto en la cara
que sólo me falta ladrar.
Aunque también es cierto que a veces me los cuelan todos,
y juego a creer,
y sé que es mentira,
pero yo me lo creo.
Esta tarde empezó a nevar un poquito
tras la ventana del bar de Chueca.
Diez minutos antes había dicho entre carcajadas
que tenemos una vida asquerosa.
A veces yo también digo muchas tonterías,
y juego,
a creer y a descreérmelas.